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Varias décadas atrás, los conductistas Dollard y Miller (1950) plantearon la clásica tesis consistente en que toda frustración producía agresión, y toda agresión se derivaba de una frustración precedente. Se basaban en hallazgos de laboratorio y en experiencias de la vida cotidiana.
Si bien es cierto que hay una fuerte asociación entre frustración y agresión, en el sentido de que la segunda se facilita por la primera, lo planteado por dichos conductistas resultó ser claramente una exageración. Con frecuencia nos frustramos y no agredimos.
Emergen otras reacciones tales como la tristeza, la evasión de la situación, conductas “regresivas”.
La posibilidad de agredir post-frustración guarda una fuerte relación con variables contextuales y marcos normativos. Así, por ejemplo, un futbolista al que le anulan un gol clave, debido a una posición adelantada, aun cuando esté muy predispuesto a golpear al arbitro, probablemente no lo hará por las consecuencias que ello implicaría.
Por otra parte, investigaciones posteriores mostraron nítidamente que la agresión puede presentarse sin necesidad de una frustración previa. Una variable medular son los “modelos agresivos”, descritos por la Teoría del Aprendizaje Social (Bandura, 1973). Percibir conductas agresivas en otros, sean éstos reales o “imaginarios” (por ejemplo, personajes de una serie televisiva), tiende a incrementar la conducta agresiva en el observador, sin que necesariamente medie una insatisfacción motivacional atingente ni contingente.
La aproximación funcionalista skinneriana hizo también su aporte, al demostrar la relevancia de los patrones de reforzamiento o castigo, pertinentes a las conductas agresivas. La conducta agresiva se aprende e instala en el repertorio del sujeto, según sus consecuencias ambientales, que en ocasiones, son muy complejas
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